martes, 29 de marzo de 2011

Zapatillas nuevas


Va a ser un clásico la caída y ascenso de un nuevo par de zapatillas al Olimpo de mi zapatero.
La fotografía refleja el pasado y el presente. Las viejas zapatillas han alcanzado los 1000 km y otras nuevas han venido a ocupar el lugar de aquellas.

Es ley de vida.
En el mundo de las zapatillas no existe la sustitución de componentes para alargar la vida de las mismas y por tanto tendrán que pasar de corredoras a zapatillas de paseo.

lunes, 28 de marzo de 2011

Calidad: Adecuación al uso.

Eficiencia es hacer las cosas correctamente y eficacia es hacer las cosas correctas.
P. Drucker.
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sábado, 26 de marzo de 2011

Cercano y personal

Me falló la vista y muy a mi pesar tuve que visitar al oftalmólogo. Hace de diez años que no visito a un médico exceptuando las revisiones médicas de empresa.

La clínica visitada está cerca del barrio donde pasé mi infancia. La Isla Perdida.
En una futura entrada me dedicaré a contar el origen del nombre de este barrio y ciertas peculiaridades del mismo que lo hacen especial.

Una subida de tensión rompió un capilar en mi ojo derecho que dejó mi globo ocular sanguinolento y agravó mi vista cansada.
Al salir de la clínica me encontré con un matrimonio de edad avanzada, padres de uno de mis amigos de niñez y vecino de escalera. Carlos y Pepita.
Si mis padres cuentan más de setenta años, este matrimonio debe estar muy cerca de los ochenta si es que no los ha superado.
Me acerqué a ellos con el temor de que no me reconocieran. Pero me reconocieron inmediatamente.
La siguiente media hora la dedicamos a repasar los últimos años de mi vida y la de sus hijos. Todos casados y con hijos. Por la conversación desfilaron hijos, nietos y finalmente acabamos con el catálogo de dolencias que afectan a Carlos y Pepita.

Carlos Jesús, Francisco José y Ricardo son los nombres de sus hijos. Carlos Jesús, más cercano a mi edad fue con quien mantuve una amistad más dilatada en el tiempo. Actualmente tiene una hija de dieciocho años y está calvo. Hace muchos años que se fue a Barcelona a trabajar y nuestra amistad cayó en el olvido.

Todos los hermanos son de una altura considerable. Carlos y Pepita tan elegantes y erguidos antes iban hoy encorvados y con andar cansino. El último contratiempo fue una rotura de cadera. La edad hace estragos sobre los cuerpos.

De vuelta a casa no dejaron de desfilar por mi mente ecos de la conversación mantenida.
Fue algo así como un repaso rápido de mi vida y remover muchos recuerdos de los años pasados en aquel barrio. No menos de dieciséis.

Llegando a mi destino detuve el automóvil y pensé que hacía más de diez años que no veía a Carlos y Pepita y posiblemente si pasan diez años más no los volveré a ver con vida.
Los ecos de la última reflexión todavía hoy rebotan en mi cabeza. No dejo de pensar en mis padres.

viernes, 11 de marzo de 2011

El glamour perdido

Hace unas semanas por motivos laborales hice un “salto” a Italia que no tuvo desperdicio.
Salí del aeropuerto de Valencia a media mañana, aterricé en Bolonia y dormí en un hotel de Parma. Me levanté temprano, tomé un taxi que me llevó hasta una empresa en los alrededores de Milán.
Tras una visita de negocios de un par de horas salí en taxi disparado a coger un avión en Bérgamo que me posó a media tarde en Valencia.
Entretenido sin duda y laboralmente fructífera.

Pero quiero traer aquí el desengaño sufrido durante el vuelo.
Los vuelos los hice con la compañía de bajo coste Ryanair.

No hace muchos años que se podía leer en las revistas de moda y del corazón bonitas historias sobre romances surgidos entre glamurosas azafatas de vuelo e importantes pasajeros. Me parece estar viendo a las exuberantes azafatas de vuelo con una altura respetable, rubias y con impecable uniforme.
Caminaban ellas por los pasillos del avión mostrando su amplia sonrisa, andar pausado y repartiendo atenciones por doquier. Bebidas, caramelos, refrigerios variados, revistas y glamour, mucho glamour.
Qué anuncios aquellos de “Iberia, Líneas Aéreas”.

Conocidas son las sonadas bodas entre impresionantes azafatas de los años setenta e importantes empresarios o artistas de éxito que ocupaban primeras portadas en el “Hola”.

Pero llegaron las “low cost”. Y empieza el infierno.

Para empezar el billete de avión lo tienes que traer impreso desde casa o pagas recargo.
La maleta no puede pesar más de 10 kg ni ser más gruesa de los 20 cm. Mi portátil con batería, cargador y móvil con cargador ya ocupan y pesan más de la mitad de lo permitido.
Todavía no hemos embarcado y estoy empiezo a mosquearme.

¿Dónde quedaron los flamantes “fingers”?
Tras pasar la puerta de embarque y entregar tu propia impresión del billete cruzas un pasillo y accedes a la pista de aterrizaje. Un “auxiliar” identificado con chaleco reflectante te manda hacia el avión. Las “jardineras” ya son objetos del pasado y te obsequian con un aireado paseo hasta la escalerilla del avión.
Una vez en el avión te das cuenta por qué algunos pasajeros corrían más que caminaban. Los asientos no están numerados y “maricón el último”. Te sientas allí donde queda un hueco si no has sido listo en la carrera hasta el avión. Más tarde me cuentan que si pagas un suplemento tienes derecho a embarque preferente que es como conseguir que en la carrera hacia el avión te permitan estar en el cajón de los etíopes.

El avión es como cualquier otro y además vuela. Pero ahora empieza el espectáculo.
Los auxiliares de vuelo, que ya no son azafatas, te cuentan todo tres veces (español, italiano e inglés). Normas de vuelo, seguridad, tiempo de vuelo, etc…
Finalmente acaban y pienso en echar una cabezadita o leer alguna revista.
Prensa no reparten y en su defecto te prestan una revista promocional de la línea aérea que contiene algún artículo de interés. Los asientos ya no disponen de bolsa delantera que habitualmente contenían estas revistas. Por los estrechos pasillos van repartiendo esas revistas que tras un primer vistazo descubres que han pasado por muchas manos anteriormente. Al finalizar del vuelo te la reclaman para que los siguientes ocupantes del vuelo puedan hacer uso de ellas. Ahorrar ahorran.
Los auxiliares se turnan para, a voz en grito, promocionar las bebidas, bocadillos, dulces y cuarenta cosas más que comer y beber. Todo por triplicado.
No callaran ¡no!.
Después de la comida y bebida se lanza sobre el micrófono otro auxiliar para que compremos billetes de lotería para un sorteo de una importante suma de dinero. Y por supuesto lo repiten tres veces. Esto empieza a parecer un curso de idiomas rápido.
No salgo de mi asombro. Pero por si no quedó claro otro auxiliar se desplaza por el pasillo repitiendo lo mismo. Según la cara que pongas cambian de idioma. La mía debía ser esclarecedora pues no dudó en emplear el español.
Pero el espectáculo debe continuar y tras la lotería empiezan con la venta de perfumería libre de impuestos. Tres veces también.
Así no hay forma de dormir.

Cuando creía que mi capacidad de asombro no podía saturarse apareció un nuevo auxiliar de vuelo al asalto del micrófono para promocionar la venta de PULSERAS MAGNÉTICAS.
Increíble y además por triplicado.

Finalmente el avión aterriza. No hay mal que cien años dure. Y una vez las ruedas en la pista y el avión frenado ponen la musiquilla del “séptimo de caballería”. Horteras.

Y lo peor todavía por venir. En el viaje de vuelta me tocó aguantar lo mismo. Y por triplicado.

¿Dónde quedó el glamour de viajar en avión?

lunes, 7 de marzo de 2011

EL ÚLTIMO ENCUENTRO

De nuevo mi padre me recomienda un libro y el acierto no habría podido ser mejor.
Si no conservo este libro en mis estanterías, pues deberé restituirlo a las de mi padre, es bien seguro que los conservaré entre mi selección de libros imprescindibles.

El libro se titula “EL ÚLTIMO ENCUENTRO” y el autor es un húngaro llamado “SÁNDOR MÁRAI”.

Cuando mi padre puso el libro en mis manos poco hacia presumir que esta edición de bolsillo que mi padre tuvo que encargar en una conocida librería acabaría cautivándome.
Letra pequeña y diseño austero. Rápidamente me fui a la contraportada para leer con poca convicción el pequeño resumen de la obra. Al terminar tenía la certeza de que este libro a poco que se lo propusiera me iba a gustar.

La temática me era familiar. Dos jóvenes que crecen y se educan juntos desde los inicios de su época escolar hasta convertirse en adultos. Cada uno de ellos proviene de estratos sociales bien diferentes.
No doy muchos más detalles de la trama para no destripar el libro.
En un momento dado de la vida de estos amigos, un hecho, bastante tópico por cierto, separa la vida de los personajes para reencontrarse cuarenta y un años después para responderse a dos preguntas.
Hasta aquí la historia tiene un cierto paralelismo a otra novela a la que dediqué una entrada tiempo atrás.
Lo realmente atrayente de esta novela es la forma de contar la vida de los personajes desde la perspectiva de uno de ellos mientras espera el momento del reencuentro.
La historia está plagada de interesantísimas reflexiones sobre la amistad, la lealtad, el honor, el amor….
En todas estas reflexiones el lector encuentra, sin duda, excusas para pensar en su propia experiencia de vida. No deja de ser un autoexamen continuo.

El final, pese a esperado, no deja de sorprender.
Se hacen dos preguntas que quedan sin responder o no.
Usted lector debe decidir.