El mes de junio pudiera parecer, por mis dos relatos anteriores, que fuera un infierno. Pues no. Siempre existen acontecimientos que te hacen devolver la confianza en las personas. Un grupo de vecinos pertenecientes al complejo residencial donde vivo (que pomposo y pijo queda esto cuando un gran número de personas lo conocemos como edificio “Palestina”, pero tenía ganas de decirlo) decidieron juntarse para preparar las fiestas vecinales. El grupo de unas doce personas se empiezan a juntar desde abril una noche cada quince días para organizar las actividades de la fiesta vecinal y pegarse una buena cena aprovechando que uno de los componentes del grupo es un “cocinillas” de renombrado prestigio. Las reuniones-cenas se alargan hasta la una de la mañana y el tiempo dedicado a preparar las fiestas es escaso. Pero cenamos y bebemos como curas. La cultura enológica que se adquiere en estas cenas es considerable. Entre buenos caldos, mejores arroces y rabos de toro se prepara un programa de f...