viernes, 27 de mayo de 2011

El canto de los pájaros.

Afortunadamente, y esto lo digo sinceramente, en las empresas por las que he pasado he recibido numerosos cursos de formación. Cursos de gestión de la calidad, gestión de compras, gestión de equipos, gestión del tiempo,….. Mucha gestión veo yo ¿verdad?
Todos ellos han sido positivos de una u otra forma. Si no lo han sido directamente al menos me han dado la oportunidad y el momento para reflexionar en aspectos que el día a día nos impide hacer.

En las últimas semanas estoy recibiendo un curso sobre motivación y liderazgo que me ha sorprendido gratamente por el planteamiento que ha hecho el ponente.
No voy a entrar en muchos detalles pero a modo de resumen voy a plasmar esta frase me ha impactado positivamente:

Los pájaros no cantan porque están contentos. Están contentos porque cantan.

Se trata de un proverbio indio o árabe o vaya usted a saber.

Es toda una declaración de intenciones y la primera imagen que me vino a la cabeza fue el recuerdo de mi madre cantando en la cocina de casa. Sin esperar los acontecimientos que nos podía traer el nuevo día mi madre acostumbraba a preparar la cafetera del desayuno mientras cantaba. El día podría ser aciago en acontecimientos pero, al menos, ella hacía su primera declaración de intenciones para afrontar los problemas con su mejor sonrisa.

No voy a sacar más conclusiones y que cada uno de los que pase por aquí debe sacar las suyas. Pero si voy a agradecer la fortuna de haber crecido con una madre que cantaba cada mañana.
Y no quiero dejar la oportunidad de dar las gracias a todos aquellos que os acercáis a mí cantando.
Espero que me oigáis a mi cantar también.

jueves, 5 de mayo de 2011

Los gurruminos

Traigo aquí de nuevo un vocablo que forma parte de mi propio glosario junto a otros que ya describí tiempo atrás. Véase tarzanetes.

Bien cierto es que la definición que tiene esta palabra en el diccionario no coincide, ni de lejos, con la que yo y algunos de mis allegados la asociamos. Y por eso estamos aquí, a ver si creamos una nueva entrada en el diccionario de la RAE.

Empezaremos situando el contexto.
Yo soy fruto de una generación de emancipación tardía.
Cursando estudios superiores, algún trabajillo esporádico que me proporcionaba dinero para los caprichos y libertad de horarios total para entrar y salir del hogar paterno. No encontraba razones para abandonarlo mientras la lavadora de mi madre siguiera funcionando a la perfección y su mano con la plancha y la cocina fueran inmejorables. Y ahora que estoy casado más de quince años puedo afirmarlo con toda rotundidad.
Pero todo llega y cuando mi abuela dejó el piso de “La Isla Perdida” (barrio de Valencia con el que tengo una entrada pendiente) aproveché para establecer mi piso de soltero.

El piso era grande, cuatro habitaciones y más de 120 metros cuadrados. Yo escasamente hacía uso de una de las habitaciones y del baño. El resto de la casa no se usaba salvo contadas ocasiones.
La cocina, lavadora y plancha de mi madre seguían funcionando perfectamente. Entonces con una cama y baño tenía más que suficiente.

La limpieza diaria o semanal no eran prioridades. Y el polvo servía de capa protectora de muebles y enseres domésticos. En contadas ocasiones adecentaba el baño por si tenía visitas “inesperadas” aunque bien recibidas.
Con el tiempo instalé un televisor para recibir a los amigos con ocasión de los partidos y timbas.

El piso poco a poco se fue haciendo a mí y aparecieron los gurruminos para hacerme compañía.
Cada mañana me levantaba y recorría el largo pasillo de la casa hacía el baño o hacía la puerta para salir a la calle. Ellos estaban siempre allí. Los gurruminos. Rodaban a mi lado cuando caminaba por el pasillo y al cerrar la puerta se quedaban en casa aguardando mi vuelta. Siempre fieles.
Cuando a la vuelta abría la puerta de la calle se arremolinaban a mí alrededor aprovechando la corriente de aire fresco que venía de la calle. No me hablaban pero no hacía falta. Allí estaban y eso era suficiente para saber que no estaba solo. Cuando iba hacia el dormitorio me seguían celebrando mi vuelta. Y podía contarles cualquier cosa pues escuchaban pacientemente mientras yo estuviera quieto.

No llegué a contarlos ni a ponerles nombre pero me daba cuenta que conforme pasaba el tiempo aumentaban en número y tamaño.

Las visitas no les hacían mucha gracia pues los miraban con desprecio y soltaban algún comentario despectivo. Pero mientras hubiera cerveza en el frigorífico y la televisión funcionara se firmaba un pacto de no agresión que les permitía convivir en paz. Si se acercaban mucho recibían un cariñoso puntapié y retrocedían.
Yo les advertía siempre lo mismo a las visitas:
- Son mis gurruminos y no admito comentarios al respecto salvo que estéis dispuestos a empuñar escoba y recogedor. Y problema solucionado.

Pasaron los años y me eché novia formal. Juntamos unos ahorrillos y pedimos una hipoteca (¡al 12%!). Compramos un precioso piso en la calle Séneca.

No volví a saber nada de los gurruminos una vez hice la mudanza a mi nuevo piso. Fue una fría despedida. No soltaron palabra alguna en la despedida. Me sentí culpable como si hubiera dejado al perro abandonado en la gasolinera al inicio del viaje de vacaciones.

Han pasado los años y no los he vuelto a ver. Aspiradoras, fregonas y escobas se encargan de mantenerlos alejados de mi casa.
Recuerdos de juventud.

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