viernes, 30 de abril de 2010

A vueltas con el ahorro energético

Me acerco a la máquina de café de la oficina. Introduzco la cápsula de sabor suave, material biodegradable y tostado ecológico en el lugar adecuado. Pulso el botón que me permitirá tomar un café. Y…. vaya¡¡ el depósito del agua agotado.

Saco el depósito y me dirijo a rellenarlo en la máquina dispensadora de agua que tampoco falta en cualquier oficina.
Estas fuentes de agua tienen dos grifitos. Uno de agua caliente y otro de fría.

Ahí me quedo pensando acerca del grifo que debo utilizar.
Si uso el de agua caliente ahorraré la energía que la máquina de café debe usar para calentar el agua del depósito. Aunque el ahorro no es real pues la fuente de agua utilizó antes la misma energía para calentar el agua y además volverá a utilizar otra cantidad de energía para calentar el agua que reemplazará la extraída del depósito de agua caliente de la fuente. Complicado.
No dejo de lado la complicada ecuación que supone dilucidar sobre las diferentes temperaturas que regulan los termostatos de esas máquinas. ¿Cual de estas máquinas utliza más eficientemente la energía y por tanto contribuye en mayor medida a la sostenibilidad del planeta? Debería leer más sobre sostenibilidad.

Entonces pulsaré el grifo del agua fría de la fuente. Pero la fuente también utilizó una cierta energía para enfriar el agua. Y si extraigo una parte del depósito de agua fría la fuente volverá a enfriar el agua que entra nuevamente en el depósito de la fuente. Se complica más la decisión.

Puedo ir al baño y rellenar el depósito en el lavabo del baño. Pero tampoco creo sea una buena decisión porque el sabor del café con agua del baño es peor. Y si dejo de utilizar la fuente de la oficina acabaran por tomar la decisión de eliminarla. No quiero pensar que esté poniendo en peligro el puesto de trabajo del distribuidor de fuentes de agua.
Las complicaciones se multiplican.

Mis compañeros de trabajo empezarán a preguntarse qué hago frente a la fuente del agua con el depósito de agua de la cafetera hace más de veinte minutos con una cara de indecisión tremenda.

¿Cómo podría explicarles que mi compromiso con el planeta me obliga a sopesar pros y contras de una decisión tan importante? Tampoco quiero comprometer el puesto de trabajo de nadie. Y mucho menos el mío.

Nos acercamos a la media hora en el cuartito de la fotocopiadora junto a la fuente de agua y la cafetera. Ahora me pongo a pensar en el gasto energético que supone la luz encendida del cuartito de la fotocopiadora durante más de media hora.

Corro a apagar la luz. No veo nada, no puedo hacerme el café, mi puesto de trabajo puede empezar a peligrar y no sé donde dejar el depósito del agua de la cafetera.

Vuelvo a mi puesto de trabajo sin haber tomado café pero feliz por mi renovado y fortificado compromiso con el planeta.

Anuncian que la tasa de parados supera el 20% de la población activa pero en lugar de pensar en estas minucias yo he sido capaz de dedicar casi media hora a salvar el planeta y preservar el medio ambiente.

Podría llegar a ser un gran político.

miércoles, 7 de abril de 2010

Viendo pasar la vida


En la vida podemos adoptar muchas posturas o actitudes, pero simplificando podríamos decir que son dos. Participativa y activa o contemplativa, “viendo pasar la vida”.

Cumplida cierta edad, es común que se adopte la postura contemplativa.

He terminado de leer el libro “El guardián entre el centeno”. La actitud frente a la vida del joven personaje es participativa pero adoptando una postura combativa frente a lo que comúnmente denominamos correcto.

Empecé el libro con unas expectativas enormes. No hace mucho que falleció el autor, J. Salinger, y por las notas de prensa parece ser que se trata de un escritor relevante. En ciertos momentos me pareció estar leyendo una obra de P. Auster. Ambos son norteamericanos y las obras que he leído de ellos transcurren, en parte, en Nueva York.
Al final acabé decepcionado.

No me gano la vida como crítico literario ni tampoco creo que pudiera. Pero este libro, “el guardián entre el centeno” me ha parecido decepcionante.
Últimamente tengo muy mala suerte con mis lecturas. Ahí está mi entrada sobre “Vuela conmigo” de R. Bach.

Vuelvo a la novela histórica que habitualmente pocas veces me falla. Esta es la obra que tengo entre manos: “Las cruzadas desde el punto de vista de los árabes” de Amin Maalouf. He leído más de seis obras de este autor y de todas ellas guardo un buen sabor de boca. Escribiré sobre ellas.

Mis padres van cumpliendo cierta edad (72 y 74) y la salud empieza a fallar. Es atrevido opinar sobre este asunto pero a estas alturas es peligroso que se planteen contemplar la vida pasar. Hasta el momento ambos han mantenido una actitud participativa y activa frente a la vida.
Siempre me ha parecido ejemplar el comportamiento de ambos frente a la nueva realidad del tiempo libre que se les presentó con la jubilación de mi padre.
Mi padre ha descubierto en las nuevas tecnologías, informática fundamentalmente, el camino para encauzar sus inquietudes. Y mi madre descubrió aficiones antes imaginables, yoga, canto coral, teatro, tai-chi…

Por cierto, de dónde viene el título del libro “El guardián entre el centeno”??? Debo estar un poco espeso últimamente, no encuentro la relación del título con la obra.

La foto de cabecera ilustra muy bien la postura de cumplir años y asomarse al balcón a “ver pasar la vida”.

En una entrada anterior escribía lo siguiente:

Llegando a casa nos cruzamos con el vecino A. Su imagen sigue grabada en mi mente y no dejo de pensar en el asunto. No hace mucho que se jubiló (a éste no le importa mucho la polémica de la edad de jubilación a los 67) y menos que le diagnosticaron un cáncer de pulmón.
Ha perdido en pocas semanas más de 20 kg y la sensación que ofrecía era la de un alma en pena. Desolador.
Pocos días antes un amigo visitó a A. en su domicilio y A. le confesaba que solo pedía unos pocos años más de vida para ver crecer a sus nietos. Al salir del domicilio la mujer de A. con voz entrecortada comunicaba a mi amigo que la “cosa” era cuestión de meses.


Esta entrada la escribí a principios del mes de febrero de este mismo año. El pasado 18 o 19 de marzo fue el cumpleaños de el vecino A. Desgraciadamente el destino hizo coincidir el día del cumpleaños con el día de su fallecimiento. Ironías de la vida. A. ya no podrá asomarse al balcón a “ver la vida pasar” y sus nietos crecer. Para una vez que aciertan los médicos. Fue cosa de meses. Dos para ser exactos.

Desde aquí deseo desde lo más profundo que papá y mamá abandonen el balcón y bajen a la calle a participar en el bullicio diario. Ya sobrará tiempo para “ver la vida pasar”.