domingo, 19 de febrero de 2012

Paseador de perros.

Ahora que empiezo a recibir como en carne propia los resultados académicos de mi hijo me viene a la memoria los comentarios de mi padre cuando flaqueaban mis ganas de perseverar en el estudio.

A la edad que mi hijo tiene ahora, casi 10 años, la vivienda de mis padres estaba situada en el conocido barrio de “La isla perdida” de Valencia.
Desde la ventana de mi dormitorio tenía una despejada vista que tenía como edificio reconocible más cercano el “Chalet de Ayora”.
Entre las huertas que podía divisar desde mi ventana estaban las perreras que albergaban los galgos que corrían en el canódromo de Valencia.

En las instalaciones de la perrera había una pequeña pista de tierra donde los galgos entrenaban y un par de veces al día sacaban los galgos a pasear por los alrededores de la perrera.
Varios empleados salían del recinto de la perrera portando de sus correas a más de una decena de perros cada uno. Y durante un buen rato se podía ver por los caminos de huerta situados frente a mi ventana a varios individuos rodeados de un gran número de perros.

Aquella ventana era para mí, en ocasiones, la mejor de las diversiones y me podía pasar horas contemplando lo que ocurría fuera.

Si por cualquier circunstancia pasaba frente a mi dormitorio mi padre cuando miraba por la ventana en horas en las que debía estudiar me decía:
- Ponte a estudiar o acabarás paseando perros.

Esa frase me acompañó durante muchos años y aun hoy en día la recuerdo como uno de los tesoros de mi niñez. También me ayuda a acordarme de mi padre.
Un beso papá.

Quería yo soltar a mi hijo la misma lapidaria frase que recibí en mi niñez. Pero fue imposible hacer entender a mi hijo el significado de esa frase y el contexto en el que fue creada.
Espero que estas líneas queden aquí conservadas para cuando pueda entenderlas.

Acompaño un recorte que apareció en la prensa meses atrás y que ilustran mis comentarios.


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domingo, 5 de febrero de 2012

Energumenoterapia

Tengo un hijo que es un portento físico (qué esperabais que dijera siendo yo el padre de la criatura con un alto porcentaje de certidumbre) que juega y entrena en un club de baloncesto y otro de fútbol.
Entre semana entrena en días alternos en cada uno de los clubs y el fin de semana ejerzo de “madre de la Pantoja” llevando al niño a disputar torneos de fútbol 7, de baloncesto o ambos en el mismo fin de semana.
Cuando se nos juntan dos partidos en la misma mañana la situación acaba siendo cómica.
Con uno de los partidos a punto de terminar, sacamos al niño del campo y lo subimos de inmediato al coche donde espera mi mujer con el motor encendido para salir a toda prisa a la cancha donde se disputa el siguiente partido. En el trayecto se cambia de equipaje en el asiento trasero del coche y come algo.

No me puedo quejar pues en el fondo disfrutamos todos con el ajetreo de los partidos. Al final creas un círculo de amistad con los padres de los compañeros de equipo del niño que a menudo acaba en almuerzos, comidas y meriendas muy entretenidas. Y si, es cierto, cualquier escusa para no salir a correr.

Pero en esta entrada quería contar la transformación que sufrimos los padres cuando juegan nuestros hijos. Por momentos no me reconozco.

Comienza el partido y los padres nos vamos a la banda del campo dispuestos a gritar sin descanso.
De nada sirven las indicaciones de los entrenadores sobre la conveniencia de dejar que sean ellos los que dirijan a los críos. Los padres lanzamos unos gritos tremendos animando a los jugadores como si la vida nos fuera en ello. La voz del entrenador se ve ahogada frente al club de energúmenos que formamos los padres.
En todo momento intentamos mantener la educación y no insultar al árbitro innecesariamente pero una coral de padres energúmenos animando a “grito pelado” cada una de las acciones de nuestros hijos no debe ser un espectáculo muy gratificante.
Llegamos a alcanzar un refinamiento a la hora de engarzar las voces de cada uno de los padres en cada una de las acciones de los respectivos hijos que podrían competir de tú a tú con los coros del ejército ruso.

He llegado a la conclusión de que estas demostraciones de capacidad torácica son la mejor de las terapias para liberar energías y terapias anti-stress. Me rio yo de la talasoterapia, la risoterapia, la chocolaterapia y cientos de terapias más que no son ni de lejos tan relajantes como la energumenoterapia.
Y no quiero dejar pasar por alto la oportunidad de recordar las sesiones de colorterapia que recibió un buen amigo que por estos días celebra su cincuenta cumpleaños. A cuenta de esas sesiones pudimos echar unas risas sobre el resultado de las mismas. Pero no quiero hacer aquí sangre de las sesiones de colorterapia y si el citado “paciente” quiere será él mismo quien nos cuente la experiencia.

Así pues si no tiene un hijo a mano eche mano de un sobrino, nieto o vecino y a gritar a todo pulmón.
Debería entrar como recomendación de la Seguridad social como terapia anti-stress.

Y si se cruzan conmigo en alguna cancha, vayan por delante mis disculpas más sinceras y tengan la seguridad de que al final del partido vuelvo a mi estado natural.

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