sábado, 20 de febrero de 2010

Límites

Gabriel García Márquez

Cien años de soledad
Vivir para contarla

Este escribe en ligas superiores y lo nuestro no es más que partidos de barrio con los amiguetes. Pero voy a osar referirme a sus libros.
Mucho me gustó la lectura de ambos libros y me tuvieron atrapado hasta el final. Aunque el tiempo transcurrido entre ambas lecturas fuera de bastantes años. No recuerdo cuantos.

Cuando escribo me topo frecuentemente con el dilema de no traspasar la frontera entre lo personal y más íntimo, y la parte pública y notoria que rodea nuestras vidas.
Voy con pies de plomo para no destapar ciertas intimidades y sentimientos que forman parte de lo más privado de mi vida. Y cuando más te preocupas de estos temas vienen a la mente libros como los mencionados arriba.

Sin el más mínimo pudor Gabriel García Márquez durante cientos de páginas se dedica a contarnos todas las intimidades suyas y de su familia sin el menor temor de dejar al descubierto los rincones más ocultos y oscuros de su alma y corazón. ¿Es muy valiente? ¿No le importa?

Me gusta como escribe y su prosa no me cansa. Lo contrario me ocurre con los libros de Antonio Gala.
Las largas y descriptivas frases de A. Gala llegan a cansarme, pienso, se pierde en la forma dejando de lado el fondo del relato. No me ocurre lo mismo con García Márquez.

Pero no quiero perder el hilo de este relato. ¿Dónde situamos la línea de lo que se puede y no se puede escribir?
Sobrados ejemplos se ven cada día en la TV de personajes de lo más variopinto que por muchos miles de euros cuentan sus intimidades y vergüenzas sin el más mínimo recato.
¿Gabriel García Márquez hace lo mismo para vender libros?
Tampoco es aquí donde quería llegar pero no deja de ser una buena paradoja. Todos ellos lo hacen por dinero aunque por vías muy diferentes.

No llego a ninguna conclusión ni llego a establecer claramente donde está el límite. Tampoco es la primera vez que toco este tema ni será la última.
Aquí seguimos.

domingo, 14 de febrero de 2010

Lista. Para reir

No soy yo de hacer listas pero esta es una buena oportunidad para empezar.
Eso si, cortita.
Algo divertido. Libros que me han hecho reir, carcajear e incluso llorar de risa:

La conjura de los necios. J. K. Toole
Wilt. Tom Sharpe
Pantaleón y las visitadoras. Mario Vargas Llosa.

Supongo que esta minilista no es representativa pero vale como muestra e iremos sumando elementos.
La risa es una buena terapia y en épocas de crisis debemos reir y vestir con nuestros más coloridos trajes.

martes, 2 de febrero de 2010

Contradicciones

El pasado sábado volví a hacer una buena rodada de más de 2h30’. Acompañé a dos trotones que a una marcha de algo menos de 6’ el km nos metimos entre pecho y espalda más de 25 km.

Algo de científico tenía la tarea pues sigo experimentando acerca de la relación entre la inteligencia y el correr. Todavía no he alcanzado conclusiones pero paralelamente no dejo de elucubrar sobre la relación entre el correr y la capacidad de hablar incansablemente. Prometo resultados.

Llegando a casa nos cruzamos con el vecino A. Su imagen sigue grabada en mi mente y no dejo de pensar en el asunto. No hace mucho que se jubiló (a éste no le importa mucho la polémica de la edad de jubilación a los 67) y menos que le diagnosticaron un cáncer de pulmón.
Ha perdido en pocas semanas más de 20 kg y la sensación que ofrecía era la de un alma en pena. Desolador.

Siento mezclar temas tan crudos con otros frívolos pero así es como nos golpea la vida en tan cortos espacios de tiempo.

Pocos días antes un amigo visitó a A. en su domicilio y A. le confesaba que solo pedía unos pocos años más de vida para ver crecer a sus nietos. Al salir del domicilio la mujer de A. con voz entrecortada comunicaba a mi amigo que la “cosa” era cuestión de meses.

Llegando al parquecillo cerca de casa uno de mis compañeros de correría nos comentaba la posibilidad de cruzar la zona de juegos mientras las madres cuidan de sus niños y si hay suerte alguna se agacha y nos enseña el tanga. No hubo suerte pues era un poco temprano y la meteorología no acompañaba. Estas cosas sirven para hacer más llevaderos “los largos” ¿no?

Y pocos metros más allá nos cruzamos con A.

Así es, primero la zanahoria y después el palo. ¡Vaya mierda compañero!

Tengo a mi hijo durmiendo a mi lado mientras escribo y puedo acariciarle. Lloro de alegría.

Noticias inquietantes sobre la salud de familiares cercanos llegan a mis oídos. Joder y además es lunes.

Ahí está la báscula electrónica que acabamos de adquirir. Solo falta que le conecte la batería, meterle datos y ponerme encima. El manual promete darme la masa corporal, el peso, el porcentaje de grasa, mi biotipo y un montón de cosas más. Yo sigo leyendo la letra pequeña del manual porque como insinúe algo acerca de si peso más de la cuenta y me diga que debo adelgazar me lio a leches con la báscula.

Y no puedo quejarme porque viendo la que está cayendo sería un delito hacerlo. E insisto, mi hijo duerme al lado y puedo acariciarlo.

Creo que después de años evitándolo ahora voy a hacerlo. Escribiré sobre mi sobrino Alejandro.