sábado, 26 de septiembre de 2009

Así nos ven

Lo imaginaba y hace unos meses pude comprobarlo. Los tópicos son ciertos.

Media maratón del Puerto de Sagunto. Km. 5, siento un agudo pinchazo en el soleo de la pierna izquierda. Por prudencia y puesto que mi intención no era disputar la prueba a tope decido retirarme. Me dirijo al coche, me pongo ropa seca y me voy a meta para ver como llegan mis compañeros del asfalto.

Es la primera vez que estoy en meta esperando la llegada de mis compañeros. En total somos quince climaturios.
Estoy a unos veinte metros de la pancarta de meta rodeado de público de todas las edades que se agolpa interesado por la llegada de los primeros clasificados.

Y aquí llega mi sorpresa. Los comentarios del público que me rodea y que merecen ser esculpidos en mármol.

Un caballero, sobre los cincuenta años de edad, bajito y con bigote le dice a su acompañante:
- El secreto de estos que corren tanto, refiriéndose a los norteafricanos que llegan en los primeros lugares, es no beber durante la carrera.
Tomaremos nota para próximas carreras. Digo
Pero no contento con ello y para reafirmar sus conocimientos atléticos deja caer otro comentario.
- Estos, sin dejar de referirse a los norteafricanos, se entrenan en el desierto persiguiendo animales para poder comer.
Tomemos nota de nuevo a ver si dejamos las malditas series y adoptamos sistemas de entrenamiento modernos.
Creedme que el personaje hablaba totalmente en serio.

A mi izquierda una mujer orgullosa comentaba a sus amigas.
- Mi marido es de los mejores y seguro que llega por debajo de 1h30
Finalmente llegó el marido en 1h34.
Supongo que los corredores somos como los pescadores y las piezas capturadas nos parecen veinte centímetros más largas.

Yo no sabía donde fijar mi atención. ¿En los corredores o en el público?
Recomiendo la experiencia. Es otra forma de disfrutar las carreras. Hubo muchos más comentarios que aquí no voy a reproducir.

Conclusión. Sigamos corriendo pero no intentemos explicar porqué corremos pues no nos van a entender.

sábado, 5 de septiembre de 2009

BOUJDOUR

El nombre de esta pequeña ciudad situada en la costa oeste del continente africano, antes llamado Sahara occidental, es poco conocida pero posee especial significado para mi.
Situada en la costa sahariana entre El Aiun y Dackla. Y decir entre es muy atrevido pues entre estas ciudades hay más de 500 km.
Circunstancias y avatares variados me llevaron, junto a dos socios, a verme envuelto en la creación de una empresa de congelación de pescado y marisco y su distribución en Valencia.
Boujdour era la población donde levantamos la factoría por estar muy bien situada para la captación del pescado, sepia y calamar principalmente, de los puertos saharianos del antiguamente conocido como Sahara español.
Boujdour es una ciudad costera con un pequeño puerto donde cada día llegan barcas dedicadas a la pesca artesanal y rodeada por el desierto. El desierto que rodea a esta pequeña ciudad no se parece a la idea de desierto que tenía antes de llegar allí. El desierto allí es un terreno árido, pedregoso y lleno de matorrales bajos. Y para completar el paisaje no faltan manadas de camellos vagando por allí.
La carretera que llega desde El Aiun es una franja de asfalto rectilíneo paralela a la costa atlántica, de un carril de anchura y que se pierde en el horizonte.
Por fortuna hice algunas fotos que podré escanear y que a buen seguro ilustrarán lo que relato.
Allí estábamos tres españoles perdidos en aquel pueblo del Sahara Occidental intentando montar la empresa de congelación.
No entro en detalles ahora de lo que significa instalar una factoría de congelación de pescado en un pueblo donde lo más próximo al frío es la nevera del bar del pueblo. Se compra allí la carne, el pescado y la verdura para el consumo diario pues no existen medios de conservación más allá de la salazón o el secado al sol.
La imagen que quiero traer aquí es la mía sentado en una silla al caer la tarde leyendo. Como hago en cada viaje me acompaño de un libro y en este caso era “La tabla de Flandes” de Arturo Pérez Reverte. Un poco más allá de mi silla estaba como cada día sentado en el suelo un joven marroquí cuya función en la empresa era ayudar durante el día a los obreros y después actuar de vigilante de la factoría durmiendo en un rincón de la sala por la noche.
Como cada día yo leía y el joven me miraba sin apartar la vista de mi, preocupado en todo momento de que el vaso de té que tenía a mi lado no estuviera nunca vacío hasta que me cansaba y salíamos a pasear por la calle central de Boujdour.
Finalmente pude entablar una dificultosa charla con aquel joven para intentar averiguar por qué se quedaba allí mirándome con tanta atención cada tarde. El francés del joven era rudimentario y mi conocimiento del árabe nulo.
Su contestación fue qué estaba sorprendido e intrigado por entender que podía poner en aquel libro para mantener mi atención fija en aquellas páginas cada tarde a la misma hora. No quería que me despistara y por tanto estaba siempre atento para tener mi vaso de té siempre lleno.
Los días de vacaciones que pedí en mi empresa para poner en marcha aquella empresa se acabaron y volvimos a Valencia.
El asunto de la empresa no acabó bien, pero hoy me pregunto si fui capaz de explicarle a aquel joven lo que se puede esconder en las páginas de un libro.